Pintado en París, es la obra más excelente de los años 1907-1908, en los cuales Matisse trata de armonizar color y línea. Tiene una historia curiosa: en un primer momento la había pintado de verde y titulado Armonía en verde, luego de azul, y como tal la vende, en el verano de 1908, al coleccionista ruso Schukin, y la expone como Armonía en azul. Antes de entregarla a su propietario, el mismo año 1908, cambia de idea y la repasa en un rojo vivo e intenso.
Representa a una mujer que pone la mesa, colocando un frutero en una mesa roja en la que ya hay dos botellas, flores y frutas. Por la ventana se ven árboles en flor en un paisaje verde. A lo lejos, una casa rosa. Emblemático del nuevo estilo decorativo del pintor, el lienzo presenta, además de un fuerte cromatismo, las líneas en arabesco que serán el rasgo principal de sus obras siguientes.



