domingo, 2 de septiembre de 2012

LOS ULTIMOS MESES EN LA OBRA DE VAN GOGH.


     Cuando Vincent Van Gogh descendió del tren el 20 de mayo de 1890, pisó la tierra bajo la que iba a ser enterrado. Llegó a Auvers-sur-Oise buscando un alivio para sus crisis mentales. Durante casi dos meses parece que lo encontró. Fue uno de los períodos más productivo de su vida: 72 pinturas, 33 dibujos y un grabado salieron de su revolucionaria imaginación, muchos de ellos vistas de aquel pueblo pintoresco. Sin embargo, no pudo luchar con su mente y  le venció. El 27 de julio, un domingo por la tarde el artista salió a los campos y se disparó en el pecho. Moría algo más de un día después.

      Vincent no dejó nota de suicidio. Los últimos trabajos  de sus setenta últimas días fueron sus famosísimas cartas, en ninguna de las cuales habla de quitarse la vida, y sus obras. En sus coloristas paisajes no hay rastro de un suicidio.

       Campo de grano con cuervos, junto con la Iglesia de Auvers, puede ser considerado como su testamento artístico y espiritual. Pintado poco antes de su suicidio, revela el drama existencial de su autor. A pesar de que aparece la combinación amarillo-azul, no es nada alegre . El cuadro está dominado por una atmósfera oscura, cargada de presagios, y el vuelo de los cuervos tiene connotaciones negativas. Los pigmentos, sobrecargados,  están aplicados con una pincelada quebrada.




     Cuando Vincent van Gogh llegó a Auvers tenía 37 años, pero sólo llevaba diez dedicado plenamente a la pintura y cuatro desde que puso en un pie en París e inauguró su estilo hoy mundialmente conocido, el de dibujar con color. Era hijo de un pastor protestante y había probado antes fortuna como empleado de un tío suyo, marchante de arte, en una librería. Después su vocación giró hacia la religión y, aunque nunca se ordenó, pasó un tiempo predicando entre los mineros belgas. Al final se impuso su vena artítica y, con el soporte financiero y moral de su hermano Theo, también dedicado a la compra-venta de cuadros, se volcó en el arte. Ya se sabe el balance de aquella aventura: sólo vendió un lienzo en vida, La viña roja, por 200 francos.
 
 
 
 
 Además de su pasión por el arte, Van Gohg tuvo otro compañero: sus crisis mentales. La psiquiatría forense ha vuelto del derecho y del revés las más de 800 cartas que escribió el artista para identificar la dolencia. Las principales sospechosas son una neuropatía en el oído interno y una depresión maníaca. Como agravantes pudieron actuar la sífilis y un excesivo consumo de absenta. Cualquiera que fuera la enfermedad, en las vísperas de la Navidad de 1888, en Arles, en la Provenza: tras una trifulca con su amigo y también pintor Paul Gauguin, se cortó la oreja izquierda. Accedió a ser internado en el cercano sanatorio de Saint-Rémy, pero pidió que se le diera el alta en mayo de 1890 porque creía que la convivencia con los otros enfermos agravaba su estado. Partió a París, a casa de Theo, pero sólo estuvo tres días: el ruido y el ajetreo urbano se introducian en su cerebro. La campiña de Auvers se le antojaba un paraíso.


      La idea de instalarse en Auvers se la sugirió a los Van Gogh el pintor Camilla Pisarro, que conocía allí a un médico homeópata que estaría encantado de vigilar de cerca a Van Gogh. El nombre de aquel facultativo ha pasado a historia: Paul Gachet. Su retrato pintado por Van Gogh fue vendido en 1990 a un empresario japonés por 82,5 millones de dólares, una cifra ni remotamente alcanzada antes por un cuadro y que se mantendría imbatida durante 14 años. Desde que desembarcó en Japón, nadie ha vuelto a ver esta obra. A partir de mediados del siglo XIX, con la llegada del ferrocarril desde París, los paisajes de Auvers habían servido de modelo a un sinfín de artistas llegados de la capital. Antes que Van Gogh, por allí plantaron sus caballetes Pisarro, Cézanne, Corot, Morisot o Daubibny. La cercanía a la gran urbe aún no había borrado por completo lo rustico de la villa, que contaba por entonces con 2000 habitantes, un millar más en verano, dedicados básicamente a la agricultura. Vincent se enamoró de lo que llamó “nidos humanos”, las chozas de techo vegetal condenadas a la extinción: dada su alta inflamabilidad, el gobierno había prohibido la reparación de las existentes y la construcción de nuevas. Van Gogh se instaló en un pequeño cuarto en el ático de la pensión Ravoux, delante del ayuntamiento. Su ritmo de trabajo no podía ser más vivo, a las cinco de la mañana ya estaba en pie y salía a pintar por las calles o los campos. Theo y su esposa le visitaron en una ocasión. Él les devolvió la cortesía y se desplazó un día a París. Se carteó con su hermano, con su madre y su hermana, que residían en Holanda, y con Gauguin. Si embargo, la magia de Auvers dejó de surtir efecto. Volvieron los demonios a la mente.
 
 
      La verdad sobre qué le empujó al suicidio nunca se sabrá. Lo cierto es que aquella tarde de domingo tomó la pistola del propietario de su pensión, se fue hacia la parte posterior del castillo de Léry y se disparó en el pecho. Después regresó a la pensión y subió a su habitación sin avisar a nadie. El posadero le encontró allí postrado, llamó al médico, pero nada se podía hacer. El doctor Gachet le dibujó mientras agonizaba, quizás el único bálsamo que se le ocurrió. Al día siguiente al mediodía llegó Theo. En la madrugada del lunes al martes Vicent murió. El miércoles fue enterrado en  el cementerio de Auvers, sin servicio religioso previo, pues el sacerdote católico consideró que no era apropiado en el caso de un suicida.
 
 
      La fortuna de la obra de Van Gogh crecería con el paso de los años. Sin embargo, sus creaciones parecían ligadas a su locura. No fue hasta los años ochenta del siglo pasado cuando los estudiosos derribaron el mito: sus cuadros no eran fruto de sus desvaríos mentales (de hecho, en más de una ocasión escribió que no podía pintar durante sus crisis), sino de una revolucionaria sensibilidad. Entonces fue cuando de verdad estalló la “vangoghmanía” y se inicio el frenesí de precios astronómicos. De alguna manera, el artista se había desembarazado de un cliché (el pintor loco) y había caído en otro (el pintor que vale mucho, mucho dinero).
 
 
      El avance de la modernidad fue uno de los temas favoritos de los impresionistas, con sus lienzos de paisajes donde asomaban los humos de trenes y fábricas. A Van Gogh también le interesaba explorar esta vía, pero de una manera más sutil e intimista. En Auvers encontró el tema perfecto: los contrastes entre las viejas chozas de techumbre vegetal (en primer plano, de colores terrosos) y los modernos chales (al fondo, con brillante color). En Casas en Auvers se observa también la obsesión de Van Gogh por la privacidad: entre las casas  y el espectador siempre se alza algún árbol o arbusto.

 
 
     Les Vessenots, 1890. Los trigales fueron uno de sus temas favoritos ya desde los tiempos en Arles o Saint-Rémy. En Auvers, sin embargo, captó estos campos de manera novedosa: no aparece ni una sola figura humana. Otra de las peculiaridades de sus paisajes en Auvers es que eleva el horizonte, es decir, desciende al máximo el punto de vista, una técnica propia del paisajismo de finales del siglo XIX. Con ello se buscan dos efectos: por un lado, las plantas del primer plano cobran presencia física y, por tanto, la superficie terrenal del lienzo es mucho mayor que la del cielo.



    
 Los últimos lienzos que pintó tienen un peculiar formato rectangular. Dos figuras en el bosque se considera el más rompedor y conseguido. Para los troncos Van Gogh utilizó una de su extrañas combinaciones: los complementarios violeta y azul. Muchos han querido ver aquí los barrotes de una cárcel en la que están perdidos el hombre y la mujer. Pero es sólo una prisión en apariencia. Al utilizar una perspectiva lateral, desde la izquierda, la parte derecha del cuadro aparece como un caos de troncos, pero en la parte izquierda se adivina que están colocados en hileras rectas. La pareja camina entre dos de esas filas, un camino que viene del infinito y lleva al mismo lugar.







     Los artistas contemporáneos de Van Gogh aborrecían lo turístico y, por tanto, los monumentos desaparecieron de sus lienzos. El holandés, si embargo, se saltó olímpicamente esa imposición de modernidad y pintó tanto la iglesia como el ayuntamiento de Auvers. El templo gótico es el que más ha dado que pensar a los estudiosos, pues Van Gogh era hijo de un pastor y él mismo predicó entre los mineros antes de perder de manera abrupta la fe. El lienzo tiene un aire siniestro: la iglesia está en la penumbra, mientras que el primer plano aparece iluminado, y ninguna luz sale de sus ventanas. Ya había pintado iglesias en sus inicios en Neuen, y quiso remarcar la evolución de su estilo al colocar  una campesina ataviada a la holandesa en Iglesia de Auvers. En el primer plano figura uno de los motivos simbólicos favoritos del pintor: un camino que se bifurca y que se pierde en lo invisible.
 
 
 
 
 

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